viernes, 8 de mayo de 2020

TU PARTIDA


Tu partida
Había pasado una año ya desde la última vez que lo vi entrar por esa puerta tan lleno de vida y alegría, había pasado un año ya desde la última vez que lo había visto sonrojarse y reír por un comentario absurdo que hacía y que al final le provocaba un poco de pena, pero que a mí me encantaba que lo hiciera, no podría creer que había pasado ya tanto tiempo desde que él se había ido para siempre de mi lado, pero como notar todo este tiempo transcurrido si su presencia aún se sentía en la casa, si mientras dormía sentía que el velaba mi sueño y cada vez que tenía una pesadilla sobre su partida sentía esos abrazos cálidos  y eso beso que me daba siempre diciendo que todo iba a estar bien, pero al final despertaba sola en la habitación inundada de miedo y melancolía llorando y anhelando que nunca se hubiera ido pues su partida me había dejado afligida, ya que al irse se había llevado una parte de mi vida.
Aún recuerdo el día que lo volví a ver, era una tarde lluviosa y aun que en los últimos días me había sentido triste esa tarde decidí salir a caminar pues a pesar de todo me gustaba cuando llovía ya que tenía la impresión de que la ciudades por un instante se cubrían de una capa invisible que las llenaba de paz y tranquilidad y que su bullicio se apagaba solo para dar entrada al sonido de las gotas de agua cayendo sobre las hojas de los árboles.
Caminaba por la acera disfrutando la caída de la lluvia sobre las hojas, ese sonido me calmaba, así que me detuve en medio de la multitud que corría a protegerse de la lluvia, me quede allí en medio de tanta gente levante la cara y disfrute la caída de las gotas de lluvia sobre mí, por un instante la tristeza abandonó mi alma para solo quedarse la tranquilidad y la felicidad, cosas que ya había perdido desde hace mucho tiempo.
Plena y desbordada de tranquilidad baje la mirada un instante para poder admirar el paisaje que rodeaba a mi ser, fue ahí cuando lo vi caminando hacia mí, tenía esa sonrisa tan característica de él aunque su mirar había cambiado pues sus ojos ya no mostraban bondad ni ternura, se habían convertido en algo obscuro y llenos de misticismo, se acercó a mí y me tomo entre sus brazos y por un instante todo mundo alrededor desapareció, fue como si solo estuviéramos los dos existiendo en este mundo; lo tome entre mis brazos y le pregunte el por qué me había dejado de esa manera, el sonrió y susurro a mi oído he venido por ti, mientras lo hacía se a parto de mí solo para notar que una pequeña flor brotaba de mi vientre haciéndose cada vez más grande y convertirse en una ave roja que abandonó mi cuerpo elevando su vuelo hacia el cielo; después de eso sentí que un frió recorría mi cuerpo y me desvanecí.
Pocos instantes después oía el bullicio de la gente que se acercaba hacia mí, y preguntaba qué era lo que me había pasado, si habían visto quien había sido, mientras yo yacía en la acera exhalando mi último soplo de vida, miré hacia un lado y percibí que aquel hombre que vestía una gabardina negra se alejaba llevándose mi vitalidad. No me sorprendía que hubiera venido por mí de esa manera pues después de todo le gustaban los finales llenos de drama, así que con el ultimo soplo de vida pronuncie su nombre ya que después de todo estaríamos juntos los dos para la eternidad.

martes, 24 de enero de 2017

ESMERALDA EN EL METRO
Gerardo de la Torre
Supe que se llamaba Esmeralda porque una vez logré sentarme a su lado. Fue en la estación Guerrero y el gusto me duró poco porque ella bajaba siempre en Balderas y yo seguía doce estaciones más, hasta Ciudad Universitaria. De lunes a viernes yo salía de la fábrica de chocolates a las tres de la tarde. Me tomaba media hora comer en una fonda, cuando no elegía los tacos callejeros de suadero y longaniza, y me internaba en los túneles de la estación Basílica con los sabores de la grasa plenos en la boca. La primera vez que vi a Esmeralda fue a finales de mayo. Lo recuerdo muy bien porque ese día cayó el primer aguacero de la temporada.
Esmeralda llevaba un paraguas muy llamativo, con la figura del ratón Miguelito. Lo sacudía con fuerza para quitar las renuentes gotas adheridas al cuerpo del roedor y apenas tuvo tiempo de cerrarlo y entrar al vagón. Era muy linda Esmeralda. Morena, de ojos grandes y negros y unos labios gruesos, rojos, llenos de color. Llevaba, esa primera vez, unas botitas de ante gris manchadas por la lluvia, mallas verdes, falda gris muy corta y suéter verde. La siguiente vez apareció con pantalón negro y suéter verde. La siguiente vez apareció con pantalón negro y suéter azul celeste.
 El segundo encuentro - aunque es una exageración decir encuentro - ocurrió tres días después. En la estación Tlatelolco había logrado apoderarme de un asiento pegado a la ventanilla y cuando el tren salió del túnel a la zona iluminada, la descubrí entre la gente, con el paraguas del ratón en las manos. Mi vagón la dejó atrás, no supe a qué distancia. Quise bajar para instalarme en el vagón posterior y luego, en cada una de las paradas, retroceder de carro en carro hasta dar con ella. Pero era tarde, ya sonaba el timbre anunciando que se cerrarían las puertas. De todos modos me levanté, listo para la salida y el nuevo abordaje en la próxima estación: Hidalgo. Hidalgo es estación de entronque y siempre hay multitudes deseando abandonar los vagones o entrar a ellos.
Los carros llevan unos letreritos que exigen “Antes de entrar deje salir”, pero nadie les hace caso. Valiéndome de las armas naturales del metrero experimentando, empujón y codazo, logré meterme al carro que seguía. En Juárez fue más fácil pasar al otro, que recorrí sin hallarla. También Balderas es entronque y se batalla, pero conseguí abrirme paso y a punto de entrar al vagón vi a Esmeralda huyendo, perdiéndose entre la apresurada multitud que avanzaba por los pasillos. La vi otra vez un martes. Sonaron los timbres, las puertas comenzaron a cerrarse. Esmeralda, fugaz aparición, entró corriendo al andén y con gesto rabioso se detuvo a dos metros de las hojas de vidrio y metal que se aproximaban con desesperante lentitud y, así, nos separaban.
En los vagones, al lado de las puertas, hay unas pequeñas palancas rojas - rojas como los rojos labios de Esmeralda - que deben ser manipuladas en caso de emergencia. Este, sin duda, era un caso de emergencia, como lo revelaba el furioso alargamiento de los labios de Esmeralda y, entre sus dientes, la exclamación que la distancia o el descuido no me permitieron escuchar. Pero no me atrevía a provocar el pequeño escándalo de una detención brusca. Jueves.
Esmeralda puntual, esperaba el convoy en la estación Guerrero. Era un día claro y no llevaba el paraguas. Contra el pecho cubierto por el suéter verdesmeralda de la primera vez, apretaba una bolsa de lona que dejaba entrever el borde de un cuaderno. Puntual y predecible - esta vez viajábamos en el mismo vagón -abandonó en Balderas. Yo me había hecho mis cálculos - al fin ayudante de contabilidad en la fábrica de chocolates, egresado del CCH Sur y ahora en primer semestre en la Facultad de Comercio -. El trenecito metropolitano hace unos ocho minutos de la estación Basílica a la Guerrero. Yo abordaba, segundos más o menos, a las tres y media, y por tanto Esmeralda se presentaba en el andén faltando unos veinte minutos para las cuatro.
Eso indicaban las estadísticas. Decidí arriesgar. Lo que quiere decir que aquella tarde en que supe su nombre no comí en la fonda ni me entretuve en los tacos. Entré a los túneles de la estación Basílica quince minutos antes de la hora acostumbrada. Bajé en Guerrero antes de las tres y media. Y esperé. El cuerpo me olía a chocolate, porque la fábrica y sus alrededores huelen a chocolate, pero no es un olor desagradable. Odio los chocolates, porque en la fábrica premios y recompensas se dan en chocolates. Pero hay gente que los aprecia.

Esperé. Esmeralda apareció exacta, cuando mi reloj marcaba 3:39. Me ubiqué a su lado y entramos juntos al vagón y entendí que era un día mágico porque había dos asientos desocupados, juntos. Uno lo tomó Esmeralda; el otro, yo. De la bolsa de lona sacó un libro que abrió en páginas cercanas a la mitad y se puso a leer. No sé qué libro, pero en algún momento volvió a las páginas iniciales y allí estaba su nombre: Esmeralda Ríos. Era, entendí, su modo de decirme cómo se llamaba. Los encuentros sin duda habían dejado una impresión en ella, quizá por el olor a chocolate. ¿Y ahora qué? Esmeralda, mucho gusto, me moría de ganas de conocerte. ¿Trabajas o estudias? No me atreví a decir nada. Saqué del portafolios uno de mis libros de contabilidad y lo dejé abierto largo rato donde aparecía mi nombre, escuela, semestre. Ella, sin dar siquiera una seña, se levantó y fue hacia la puerta. Estación Balderas. Y mi inevitable destino era Ciudad Universitaria. ¿Qué malvada triquiñuela de la vida impedía que ella estudiara en la Facultad de Comercio o, al menos, trabajara en la fábrica de chocolates? Una vez más en los apasionados días que vinieron, olvidé la comida y antes de las tres y media ya estaba en el andén de la Guerrero. Veinte para las cuatro y ella no aparecía, diez para las cuatro, las cuatro, nada. Entré al vagón cercano y apenas lo hice y se cerraron las puertas se dejó ver Esmeralda agitando el húmedo paraguas. Yo me encendí, seguro de que se había retrasado solamente para castigarme y yo no merecía tanta crueldad. ¿Qué culpa era quererla? Canalla, malvada. Pero en Niños Héroes comencé a justificarla y cuando el tren se detuvo en la estación Eugenia era la lluvia la única culpable de retrasos y malquerencias. Hallé a Esmeralda quizá dos veces más antes de la fecha importante. Este día fundamental era de fiesta escolar y la tarde me pertenecía. Uno de los compañeros me había preparado un enorme corazón de chocolate macizo, del tamaño de un puño, cercano en dimensiones a un corazón verdadero. Bajo el papel de estraza, palpitaba. Esperé en Guerrero con el corazón en una caja decorada con moño rojo y etiqueta dorada. Llegó ella con unos minutos de retraso y subimos juntos al atestado vagón. Entre tanta gente que era imposible ofrecer la caja y decir unas palabras, pero no había prisa. Como siempre, ella abandonó en Balderas. La seguí. Subimos y bajamos escaleras para ubicarnos en el andén de la Línea Uno dirección Observatorio. Seis estaciones hasta Tacubaya y allí de nuevo a subir y bajar escaleras y recorrer pasillos, ahora para transbordar hacia Barranca del Muerto, destino de Esmeralda. Llovía, diluviaba. Esmeralda se detuvo frente a la escalera de la desembocadura, abrió el paraguas del ratón Miguelito y comenzó a subir. ¿Qué podía yo hacer? No me importaba mojarme, pero la caja de cartón no resistiría y me negaba a entregar el corazón en tan lastimosa envoltura. Me quité el suéter, cubrí la caja y subí los escalones de dos en dos. Allá iba el paraguas del ratón. Y debajo Esmeralda. Y junto a ella, abrazándola, él. ¡El!. Los seguí bajo la lluvia, los vi entrar al hotel. Luego, guarecido bajo un toldo, me eché a la espalda el suéter empapado. La caja estaba intacta y dentro el corazón de chocolate había dejado de latir. Arranqué el moño, coloqué la caja en el borde de la acera, me senté a un lado y presencié, con un deleite extraño, cómo iba deshaciéndola la lluvia. De sus entrañas comenzó a correr un agua de color café. La morena de ojos negros. ¿De verdad se llamaría Esmeralda? Eso decía en el libro. Pero nunca sabemos silos libros son prestados. (De la Torre, Gerardo, “Esmeralda en el Metro” en Atrapados en la Escuela, Selector, Actualidad Editorial, México, 1994, pp 193-201)